miércoles, 16 de diciembre de 2009

El lado oscuro de la tierra

Prefacio

En algún libro perdido, en mis solitarias búsquedas por bibliotecas, habría encontrado información sobre cuentos cortos; más precisamente sobre cuentos policiales. En ese libro aparecían nombres como Ayala Gauna, Guy de Maupassant, Edgar Allan Poe. Todos en español; recordemos que el primero era argentino, el segundo francés, y el tercero estadounidense. En alguna otra parte en Internet, leí que en todo cuento corto es muy importante la primera oración, que es lo que en definitiva atrapará al lector en el cuento. En alguna otra parte, leí que es más difícil escribir un libro de cuentos cortos que una novela. Ambos pueden parecerse en la extensión de palabras, pero no necesariamente en su estructura constitutiva. En otra parte, leí que un cuento corto tiene la característica de la síntesis; que es más complejo escribirlo dado que no se puede desperdiciar espacio con una extensa narrativa de pensamientos reflexivos o descripciones que nos dan un escenario completo o personajes cuyas características son bien descritas. En algún otro lado, leí a grandes autores de cómo hacer un buen cuento; que no importa si el tema es trivial; lo que importa es cómo es contado y qué estado anímico transfiere al lector.

Parte 1

El cielo destellaba centellas, de esas que no tocan la tierra, de esas que dibujan caprichosos caminos entre nubes aún empecinadas en quedarse cuando la tormenta y la lluvia hubieron acabado; el cielo estaba sobre un puente; debajo del puente el arroyo que reflejaba el cielo; a cada extremo del puente la espesa vegetación que no se erguía por sobre el puente; y sobre el puente Juan.

Parte 2

El noticiero de las doce estaba por comenzar. En la mesa ya estaba la comida, mi padre y mi madre ya se encontraban ubicados, faltaban los chicos, mis hermanos. “Andá a fijarte si están ahí afuera” dijo mi padre mientras se encargaba de ir sirviendo sus platos. En el momento que me disponía a ir a buscarlos estos aparecen corriendo chocándose entre ellos al frenar ante nuestra vista. No le hicimos preguntas pero ellos gritaron al unísono “estábamos jugando.” “Un huracán azotó las costas de Nueva Orleáns dejando daños materiales incalculables…miles de familias son atendidas en estadios de fútbol…la gente de color tiene problema para ser atendida con la inmediatez que…al parecer los canales que encauzaban….colapsaron…” decían las noticias mientras comíamos el exquisito pastel de papas que mi madre tan bien hacía. “¿Qué hay en TNT?” pregunté a mi padre sin dejar de masticar. “Mirá el noticiero. Dejáte de tantas b…” dijo. “Siempre lo mismo en las noticias: huracán en Estados Unidos, alud en China, tifón en la India. Aburre siempre lo mismo,” contesté. “Vos no sabés que es importante, cunado sepas lo que…” Fue el momento en que terminé mi almuerzo y me dirigí a la compu en mi pieza para mirar un peli que mi buen amigo Ignacio me había traído – Los Sospechosos de Siempre – .

Parte 3

Era verano ya. Las clases habían terminado por fin y los días de boliche ya comenzaban a vislumbrarse en la corta distancia. Cerveza, vino, fernet. No iba a faltar nada. Y como siempre los amigos.

Una tarde de Enero nos juntamos la bandada de siempre. Yo, el burro adelante para que no se espante, Joaquín, Manuel, Francisco y Domingo. Todos eran amigos de la escuela secundaria, o parte, porque Manuel se había cambiado para terminar antes en un colegio DIFERENTE.
Acordamos juntarnos todos al mediodía en la costa del río para comer un buen asado. Entre todos llevamos la bebida; Domingo aportaba la carne ya que su padre era carnicero.
Después de haber comido y bebido casi todo – siempre había una botellita por ahí – nos dispusimos a comenzar el coloquio que sigue todo buen asado, aunque más que coloquio parecían monólogos múltiples del cual nadie rescataba una idea coherente. “El otro día me dijeron que…” y no se entendió bien que era aquello que Manuel trataba de explicar porque Joaquín interrumpió con uno de sus exabruptos particulares que simulaban ser más sonidos guturales que el habla de cualquier espécimen humano “Callate, me contaron que el otro día…” “Basta” dijo Domingo que prefería el silencio y escuchar el viento en los árboles, y las pequeñas olas del río romper contra la costa. Cuando estuvieron en silencio dije “Juan…” Todos giraron sus cabezas hacia mí como si de repente recobraran la sobriedad. Ese nombre era inmencionable por tratarse de un chabón que no sabía más que hablar de la escuela. Era, hasta cierto punto intratable. Pero a mí me gustaba el tipo de información que de vez en cuando aportaba. Tenía noticias siempre novedosas, parecía tener lo último y sabérselas a toda. Por eso quizá no le agradaba al resto del mundo, a mí en particular no me caía ni bien ni mal, simplemente escuchaba lo que a veces tenía para decir. Así que tuve que ratificarme. “Perdón, me dijeron que mañana se va a producir un apagón mundial. En la media en que la noche avance sobre la tierra no van a prender las luces, aunque sí, los motores y cosas que necesiten estar prendidas, las van a dejar prendidas, es sólo...” “shhhhh...” Dijeron todos juntos. Francisco que era el único que no había hablado hasta el momento espetó “Sí, Sí, Sí...es como si la tierra fuera a tener un lado oscuro otra vez, como en la luna, lo leí en el diario.” Joaquín, viendo que estaban aceitando la lengua continuó, “ya que trajiste el tema, me contaron que el chabón se va a Misiones, ‘A ESCRIBIR’. ¿Pueden creer eso?, está de la nuca.” Fue ahí cuando empezamos a hablar de todo relacionado con todo, Misiones, la escuela, el clima, y otras yerbas.
La tarde pasó placidamente entre risas y comentarios de todo tipo. Levantamos nuestras cosas de la costa debido a los mosquitos; estaban insoportables y no habíamos llevado Off. La noche prometía más joda en el boliche. Más gente. Más risas. Más alcohol. Pero claro, ya estaba el refrán entre los muchachos “para tomar, hay que saber tomar.” Hasta el día de hoy me pregunto que habrán querido decir con eso.

Parte 4

“Despertate. Despertate.” Una voz ininteligible desde las entrañas de mis sueños se confundía con el esplendor de la otra vida. “Mmm…” Balbuceé medio dormido todavía. “Internaron a Manuel. Está en el hospital público. Parece que contrajo una enfermedad nueva.” “¿Qué?” dije sin entender nada todavía. “Despertá.” Era Joaquín. “Internaron a Manuel. Es esa enfermedad que traen los mosquitos. No me acuerdo como se llama pero parece que está muy grave. Tiene manchas de sangre por todo el cuerpo.” Tomé las primeras ropas que encontré en la habitación y me vestí. Al salir de la pieza mi padre comentaba también lo mismo; repitiéndome una y otra vez lo que me había informado ya Joaquín. Hasta que entendí que podía estar pasando. Fui al baño me lave la cara. Me miré al espejo y vi una manchita que no debía estar ahí en mi cara. No dije nada. Cuando llegamos al hospital se encontraba toda la familia de Manuel. La madre de Manuel, Sara, fue la única que me preguntó por la mancha en la cara. “No sé que es,” respondí. Al entrar a la sala para verlo a Joaquín me observó la enfermera y parece que le dijo algo al médico; porque éste vino directamente a observarme. “¿Eres familiar?” preguntó el médico. “No,” respondí.

Manuel no pasó la noche. Yo seguí con unos medicamentos que recién habían llegado desde la Nación. Tuve un cuadro leve, un poco febril, pero nada más.

Parte 5

Habían pasado casi diez años de ese incidente. Yo me encontraba por Misiones. Una tierra azorada por la marginación hasta donde sabía. En un puente pude ver de cruzada en la medianoche a un tipo caminando en el medio de la oscuridad. Llevaba un mate en la mano. “Algún pobre diablo,” dije para mis adentros.
Ya me había recibido de médico, y estaba haciendo mis primeras incursiones en la actividad social que marcaría de por vida mi trayecto. Cuando llegué a Posadas, la capital de la provincia, me encontré con una ciudad bastante avanzada; aunque la marginación imperante en el resto de la provincia todavía se dejaba entrever en algún que otro rinconcito.
Una vez que hube desempacado todo y apropiado en cierta manera de mi pequeño pero cómodo apartamento, me dispuse a caminar por las calles de la ciudad. Al llegar a la zona céntrica me topé con una antigua biblioteca, muy bien decorada. Tuve que entrar para hacerme de algún que otro conocido que me ayudara a pasar los ratos que no estuviera en guardia con algún buen libro. Roberto se llamaba el bibliotecario. En el mueble, que hacía de mostrador, había varios libros que parecían estar de muestras. Parecían también ser nuevos, de una impresión reciente. Los observé y ojeé un par de ellos. Uno llamó mi atención por el nombre del autor “Juan Paepa.” ¿Quién es este escritor?” inquirí al bibliotecario. “Es un autor de la zona,” respondió. “Suele venir los viernes por la tarde y ponerse a leer en la sala.”
De camino de vuelta a casa con el libro en la mano, me preguntaba si sería el mismo que conocí en mi ciudad natal. Había dicho que vendría para Misiones. Pero el apellido no era ese, era otro. Aunque bien se sabe que a veces cambian su apellido o su nombre por un seudónimo, no sé bien para qué pero lo hacen. Así que opté por esperar hasta el viernes – era lunes – e ir a su encuentro fortuito.
Pasadas las siete de la tarde del viernes, decidí ir a ver si tenía suerte y encontraba al susodicho escritor. Había leído el libro. No era tan malo. Era de cuentos; todos cortos en su mayoría y trataba de situaciones cotidianas, abordadas muy, muy ligeramente. Pero me intrigaba saber quien era. Al llegar a la sala de la biblioteca puede avistar a una figura de negro sentado en la esquina anterior izquierda. Ni bien se entra por la puerta a la izquierda. Lo miré bien. Y efectivamente tenía rasgos parecidos al quasi-amigo que nos caía tan mal en los años de juventud. Me acerqué y le pregunté, ¿es acaso usted el mismo Juan que vivía en San José hace casi dos lustros?” “Que es lo mismo que una década,” respondió con una mueca entre su barba. “¿Cómo andas Alejandro?” Prosiguió como para entablar una charla amena. Hablamos de todo un poco. Me contó como lo trataba la vida por estos lugares tan alejados de dónde veníamos. También dijo que se encontraba mucho más a gusto dentro de una sociedad que vivía más pendiente de la naturaleza. En esos lugares no había tantos autos, ni contaminación. Me decía que había momentos en que desearía formar parte de todo eso que se llamaba progreso, pero había límites, había límites. Era muy observador, muy crítico de la realidad. Ahora entiendo por qué nos caía tan mal cuando éramos jóvenes. Era como el viejo vizcacha, siempre te escupía el asado, pero en otro sentido. Te arruinaba la fiesta diciendo cosas que eran mejor callar, no hablar. Me acuerdo que una vez tuvimos que decirle que se calle o se vaya, cuando en pleno asado de cumpleaños comenzó a contar que en la última creciente un sin número de botellas plásticas quedaron sobre las playas arrastradas desde todos los rincones donde se hacían asados como el que estábamos comiendo. Siempre el mismo, tenía que arruinar siempre una ocasión tan alegre con cosas que no afectaban en nada. Que no importaban. Quizá ahora tengo esa ambivalencia de adulto, porque ahora que lo pienso sí podía haber tenido razón; pero eran otros los que tenían que tomarse el tiempo de corregir las cosas. Eran…y me di cuenta que algo estaba cambiando en mí. No lo veía ya como un aguafiestas. Lo veía en su orgullo siguiendo una vida modesta. Alguien que tenía en vista algo que yo apenas podía entender. Le ofrecí mi colaboración en todo lo que necesitase. Fue ahí cuando me dijo que tenía un par de cuentos más que faltaban imprimir, que si por casualidad volvía para nuestra ciudad natal, lleve las copias para imprimirlas en la editorial local.
De regreso a mi ciudad para las vacaciones empaqué todas mis cosas. Las copias las llevaba en un bolso de mano para leerlas en el tren que me acercaría a mi destino. El taxi que me llevó a la estación de tren estaba bastante derruido. Al ir cruzando por un puente antes de llegar a la parada del tren pude observar que un hombre bien parecido a Juan iba caminando por el puente. Miré hacia atrás por la luneta del auto. Sí, era él, con un mate en la mano caminado despreocupadamente al lado de las barandillas. Era el ocaso ya. Nubes de tormenta estaban por todos lados. De repente un rayo partió el cielo, y después ocurrió lo mismo que en ese poema que había leído en un libro de iniciación literaria: tronó largamente y empezó a llover. (1)


1 - José Pedroni. Verso a la amiga. Agua y viento.

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Cuentos y Poesías por Cristhian Bourlot se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución 3.0 Unported.
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